Sueño Extraño

“Era el día de mi regreso a la Universidad luego de mis vacaciones de final de año. Yo salía de la universidad hacia un callejón muy transitado al frente de ella. Mientras salía encontré una cara conocida pero no amiga. Iba vestido con jeans y un sueter amarillo sobre una camisa de rayas azules cuyo cuello le sobresalía por el cuello en “V” del saco amarillo. Él y yo pasamos hombro a hombro y no nos saludamos.

Sigo caminando por el mismo callejón. Al otro lado del andén están dos puestos pequeños donde venden minutos de celular a 300 pesos, más caros que el establecimiento a donde me dirijo y donde los venden a 200. Siguiendo mi camino me encuentro con una cara conocida y que fue amiga en un tiempo anterior. Ya me he encontrado con él en la universidad pero nunca ha sido de la misma forma como antes. Ya no somos parceros sino conocidos quienes al vernos sentimos la obligación incómoda de saludarnos. Él se llama Juan Camilo.

Rápidamente le digo “Qué más” en tono de saludo y con mis cejas subir de la misma manera como cuando nos encontramos con un amigo de tiempos anteriores. Inmediatamente lo saludo me voy detrás del otro chico de suéter amarillo y cuello de camisa a rayas que sobresale lo saludo y lo traigo. Justo antes de que Juan Camilo reaccione y siga caminando hacia donde sea que iba. Los presento entre sí. “Juan Camilo, te presento a… lo lamento: ¿Cuál es tu nombre?”. El Chico de suéter amarillo y cara conocida responde: “Juan Camilo”. A mí me sorprendió más que a ellos el hecho de que fueran tocayos. Nos despedimos y continué mi camino.

Sorprendentemente yo no iba hacia donde iba con regularidad. Yo no me dirigía a llamar al local donde me cobran 200 pesos y quien me atiende siempre de forma amigable se llama como una famosa marca de Jeans: “Levis”. No, yo no iba para allá.

De repente me encuentro siendo guiado por una mujer con camisa esqueleto blanca ceñida a su escultural cuerpo con una cara que no me llama más la atención que su cuerpo. Ella me busca un sitio para sentarme. Rápidamente miro el nombre del local, se llama “Carrera 47”.

No es un restaurante. Es un sitio de streaptease. No se si se llaman “stripteaderos” o “clubes nudistas”. Desde una banca acolchonada y recostado en la pared diviso una cara que me llama la atención. Siempre me han gustado las caras angelicales sobre un cuerpo que es tentación al pecado.

Conté: 1,… 2. Sus ojos son cafés. Los tiene delineados de una forma muy sexi. Su nariz es respingada y su tez es blanca. Esta vez no me fijé tanto en el cuerpo de alguna de las camareras o strippers de ese sitio. Su cara por sí sola me llamaba la atención por su belleza ingenua. Pero más que todo había algo conocido en ella. ¡3!. Le digo: “Hola. Yo te conozco de alguna parte. Tu eres del colegio de Fabián·”. Ella me responde rápidamente: “Sí, él es ese niño algo misterioso que toca la guitarra”. Ella se sienta a mi lado y empezamos a hablar de cómo y dónde nos conocíamos. Nos dimos cuenta que no era así. Yo la había visto a ella una vez que fui al colegio de Fabián fingiendo ser su primo para liberarlo más temprano de ese colegio que parece una cárcel donde todos los presos están hacinados y donde hay un bullicio insoportable. Ese día ella me había visto pasar a mí.

En ese pequeño instante que hablé con ella. Parecía que nos conocíamos de mucho tiempo. Yo sentía que ella era una amiga de vieja data con quien me reencontraba en el sitio menos pensado. La casualidad nos había puesto aquí.

El local estaba lleno. Había muchos hombres de toda edad, forma, color y olor: había compañeros de universidad que fingían no verme y que yo fingía no verlos, hombres gordos con perfil de ser conductores de transporte público o vigilantes de mi edificio, había hombres en traje que estaban reunidos con sus colegas de trabajo o con sus clientes para saldar un trato.

El ruido nos aisló a ella y a mí, ese sofá o ese sitio donde estábamos sentados era más cómodo de lo que parecía. Yo me sentía contento de encontrar otra amiga. Ella se sentía contenta de que yo la hiciera reír y que al final de cada broma le preguntara: “¿De qué te ríes?”. Yo nunca me he considerado alguien muy cómico, pero si ella se reía, mi chispa tal vez era de verdad. El ruido también no me dejó oír cuando la llamaron. Tal vez la llamaron por su nombre artístico. En ningún punto de la conversación yo le había preguntado su nombre. Ella sí y me preguntó sobre mi edad. Yo le dije que tenía 18. Ella me sorprendió. Ella tenía 25 y hacía un año que había terminado el Bachillerato. Yo aprecié eso como una forma de superarnos. Al menos ella terminó sus estudios de Bachillerato y está trabajando en lo que puede por el momento para pagar su Universidad y ayudar a su familia. Ella parecía más joven de lo que era. Eso la hacía más atractiva, pero yo sólo la quería de amiga.

Ella se puso de pié y desapareció de mi vista. Mientras se retiraba, nuestros ojos intercambiaron una mirada prolongada que ella rompió con un guiño. ¿Qué fue eso?

Miro a mi lado y ahí están de pie dos compañeros de mi colegio que yo no imaginaría encontrarme en un contexto como este porque ellos son de esos chicos que uno ve y uno se los imagina haciendo cosas de niños, no al lado de una mujer. Ellos me ven y me saludan. Yo les contesto amigablemente y continúo en mi silencio mientras los observo a ellos bailar y gritar con billetes en las manos. ¡La gente que uno se encuentra en estos sitios!

Tiempo después, el bar, hueco o club nudista se oscureció completamente. La luz roja que salía de las lámparas desapareció y un foco apuntó a la barra. Allí estaban todas las camareras y desnudistas del bar en una pose. De repente empieza la música. Y ellas empiezan a moverse como profesionales. Sus caderas, brazos y piernas se mueven al ritmo de la música. La voluptuosidad  y exotismo detiene mi respiración si siquiera mostrar sus atributos privados. La pelada que me encontré, mi amiga no está bailando. Yo creí que iba a hacerlo.

El show se acaba, pero la función no. Mi función personal empieza. Una stripper de las que bailaron anteriormente y toma el micrófono y presenta a una chica nueva. Yo sé que es la niña que acabo de conocer.

Ella empieza a hacer lo suyo, hace un baile un poco extraño que suscita las risas entre sus compañeras. Ellas me dicen que es un baile ritual que hacen cuando alguien les gusta. Este baile ritual consintió en que ella movía sus finos brazos por el aire y miraba al cielo (al cielorraso). Luego movía sus caderas frenéticamente de adelante hacia atrás recordándome el baile íntimo que se da en posición horizontal. Ella se despelucó como una salvaje, saltaba hacia adelante, su baile no me gustó, pero sí lo que parecía significar.

Luego ella se sentó a un lado de la tarima, sola. Estaba muy alegre por su baile novato. Ella me mira, pero yo finjo no darme cuenta de ello. Pronto yo soy el que persigue susojos hasta encontrarlos. Sus ojos son café, un color muy común entre las mujeres latinoamericanas que he conocido, pero esos ojos café son los ojos café. Son especiales, tal vez su maquillaje los haía ver más grandes y juguetones de lo que son. Ella me sonríe y yo le pago con una sonrisa igual de sincera.

Al final de la noche, como una desnudista avisó por el micrófono, cada stripper escoge al espectador de su preferencia para no sé qué. Una pasó y escogió a un señor moreno a quien le cogió de la mano y se sentó a su lado. La mujer que yo creía una niña apuntó hacia mi dirección y lentamente se acercó a mí. Cuando se paró en frente me dijo: “Te escogí a ti”.

Lamentablemente todo fue un sueño muy detallado. Me desperté, y creí que eso acababa de pasarme el día anterior, pero yo estaba sobrio. Tal vez lo viví alguna vez o es una premisa de lo que en un futuro será un Déjà Vu.

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