Jueves 12 de Agosto.

Ya me estoy acostando a dormir. Estoy recostado en la cama, pensando en qué escribir. Esto sería fácil si mi día fuera algo más que la aburrida rutina de levantarme tarde, ir a la oficina a estudiar y luego a las 13:20 o 2:20 salir en un bus hasta la Universidad para atender a mi clase respectiva para luego volver a la oficina o coger un Transmilenio hacia la casa directamente (17:00).

Estamos viviendo una época confusa. Un tiempo en que los saberes fluyen libremente. Una época en que la “verdad” está en muchos lados pero no sabemos qué fuente elegir de tan vasta oferta.

Las personas nos sentimos libres y felices. Tenemos esperanza de encontrar a la vuelta de la esquina un bienestar conseguido ya sea, o con el mayor de los  sufrimientos o con el mejor de los atajos.

Las personas creen que estar conectadas es lo mismo que tener una conexión con el mundo.

Hoy se nos ofrecen muchos caminos, sendas e instrucciones para lograr nuestro fin último como individuos, pero no sabemos cuál elegir de entre todos ellos.

Hoy se vive en una constante excitación de los sentidos pero que artificialmente no nos dejan pensar ni sentirnos satisfechos, sino más bien nos volvemos adictos a ellos y seguimos buscando una serie de experiencias ofertadas con el solo objeto de sentirnos vivos.

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