El Discurso Colonial en los Textos y Documentos de Colón, Vespucci y De las Casas

La llegada de España a Tierra Firme en 1492, por iniciativa de Cristóbal Colón, significó no solo el “Descubrimiento” de éstas tierras (llamadas después América en honor a Vespucci) sino también, el comienzo de un proceso de imposición de la Corona frente a los territorios y población del “Nuevo Mundo” que permaneció hasta entrado el siglo XIX, conocido como Colonialismo.

El Discurso es, según el DRAE, una Doctrina, ideología, tesis o punto de vista. En el caso de la colonización de América, el discurso se convierte en tesis o puntos de vista que justifican los propósitos colonizadores. En éste informe, se analizará el Discurso Colonial implícito en las Cartas y Documentos de Viaje de tres personajes clave en el Descubrimiento de América y en la Colonización: Colón, Vespucci y De Las Casas.

Colón, llegó por primera vez a Tierra Firme[1], encontró a unas personas –a quienes llamó “Indios”- que no tenían ni “fierro ni acero” ni armas y que eran temerosos y cobardes, pero muy generosos. Los indios pensaban que Colón y su tripulación eran venidos del cielo por lo que fueron recibidos con curiosidad y hospitalidad. (Colón 142). Éste estado de naturaleza y de libertad que mostraba Colon[2] de los “Indios” fue usado después como argumento de Fray Bernardo de Mesa, quien en la corte del rey defendió una tesis que afirmaba que el rey debía ayudar a los “Indios” a vencer la holgazanería -que era uno de sus “peores males”-, por lo tanto, “era necesaria cierta clase de servidumbre” (Hanke 50).

 

Vespucci, llegó a las Indias en 1497 con cuatro naves, tocó tierra firme en diferentes partes donde atracó, pero en sus Cartas se infiere que llegó a la isla La Española o como le nombraban los Indígenas: Iti[3]. Para Vespucci, éstas gentes eran “salvajes” o “bárbaras”, pues “carecían de vestimentas”, no tenían autoridad superior ni ley, eran promiscuas, “no tenían iglesias” y “comían carne humana”. Pero las cartas de Fray Bartolomé de las Casas contradice esa afirmación de Vespucci, ya que estos pueblos tenían gobierno, por ejemplo los “caciques” o “reyes” Guacanagarí, Guarionex, Caonabo y la reina Higuanama y los reinos de Marien, Maguana e Higuey (De Las Casas 81-89), referidos por Fray Bartolomé De las Casas y Colón, es decir, al haber gobierno necesariamente tenía que haber un orden o Derecho. De alguna manera, Vespucci escribió esto para justificar la invasión y dominio sobre los indígenas.

Amerigo Vespucci, describió también a las gentes de cada puerto de acuerdo a las reacciones que éstas tenían por la presencia de los europeos. A unos los describe como “ajenos” y “difíciles para la comunicación” pues tenían diferentes idiomas, tantos que se dificultaba la comunicación, inclusive entre diferentes tribus, sin embargo, los atraían con bagatelas para ganarse su amistad (engañarlos con espejos a cambio de oro) a pesar de que eran “guerreros”, con sus armas que labraban a partir de dientes de animales y huesos porque carecían “enteramente de fierros y otros metales”. Una vez conseguido el acercamiento, los nativos compartían amablemente los alimentos con sus visitantes, ellos comían en el suelo sin usar “manteles ni servilletas” y colocando los alimentos en vasijas de barro que ellos mismos fabricaban, eran desapegados, sus riquezas eran las alhajas que los europeos no consideraban como riquezas, “el oro, las piedras preciosas, las joyas y demás cosas de ésta clase que en Europa reputaban por riquezas, no eran estimadas por nada” y “no hacen diligencia ninguna por tenerlas”. Vespucci usaba estas “dádivas” y esta generosidad de los “nativos” para decir que no robaban ni saqueaban sino que los tesoros que venían de los “Indios” era porque éstos se los regalaban. Sin embargo, hay una evidencia en el Altiplano que no todas las riquezas eran dadas a los españoles por simple generosidad: el “Tirano Capitán”[4] secuestró al Cacique Bogotá bajo el pedido de oro y esmeraldas; o el caso de Daitama quien trajo a “dicho cruel hombre cuatro o cinco mil castellanos” (De las Casas 167).

 

De Las Casas, encontró unos nativos amigables, hospitalarios con costumbres muy similares a las descritas por Vespucci. Los “cristianos”, actuaron como fieras destructoras, devoradoras, que hicieron estragos, despoblando, torturando, tomando mujeres e hijos para mal uso como violaciones sexuales de las éstas y consumían la “ración de 30 nativos” por día. Todas estas atrocidades fueron comunicadas al príncipe Felipe, e inclusive por el arzobispo de Toledo, cuando era obispo de Cartagena, pero De Las Casas, excusa  a su Majestad, cuando escribió: “(…) pero por los largos caminos de mar y de tierra que Vuestra Alteza ha emprendido, y ocupaciones frecuentes reales que ha tenido, puede haber sido que, o Vuestra Alteza no las leyó[5], o que ya olvidadas las tienes” (De las Casas 72). De lo anterior se puede inferir que De las Casas estaba justificando la ignorancia del rey sobre los sucesos y atrocidades ocurridas en Indias para lavar la imagen del Rey frente a la historia al hacerlo ver como inocente de los crímenes cometidos por sus súbditos y conquistadores.

 

De Las Casas, veía en ellos buenos “creyentes” porque eran “mansos” y “crédulos” como ovejas en una jauría de “Lobos”, ésta especie de pasividad permite inferir que era una condición que hacía de los “Indios”  buenos “Creyentes”. Esto es una evidencia de “la razón de ser de la conquista colonial” (Ferro et al. 61).

 

Para concluir éste informe, no es posible abstraerse del contexto que se vivía en esa época: España en 1492 acababa de expulsar a los “Moros” de su territorio, el Reinado de los Reyes Católicos se estaba consolidando en las manos de Felipe II de Aragón y de Isabel I de Castilla, se necesitaba dinero para financiar el creciente reinado que unificó España y una forma de obtenerlo era por un proyecto que habían escuchado de un hombre llamado Cristóbal Colón, quien prometía dar solución a tantos problemas con la sola financiación de un viaje a Oriente para llevar a España oro y riquezas. Estos fines económicos son los verdaderos motivos que impulsaron a la Corona de España a saquear y acabar con las riquezas de América contra todo lo que se interpusiera para este fin. Este proyecto estaba concertado estratégicamente, no hay excusa para que la Corona pretenda disculparse que sus encargados obraron por su propia cuenta, a espaldas del rey, como lo pretendió hacer creer Fray Bartolomé de las Casas, pues éste en nombre de la Iglesia, lo que hizo fue “santificar” la imagen de la Corona frente a la historia, porque no se explica que Fray Bartolomé de las Casas hubiese denunciado tantos crímenes por parte de sus coterráneos los Conquistadores y no corrió con la misma suerte de los “Indios”.

Éste Discurso Colonial,  visto en los Textos y Cartas de Colón, Vespucci y De Las Casas son una manera de distraer la atención de la Historia frente a tantos crímenes cometidos con ánimo de lucro colonizador. Colón y Vespucci ocultaban, detrás del “Telos Evangelizador”, el “hambre  por el oro” y “el hambre por el sexo” (Ferres et al 54).

OBRAS CITADAS

  • Bénot, Yves. “La destruction des Indiens de l’aire caraïbe”. Le Livre Noir du colonialisme. Ed. Marc Ferro. Paris: Hachette Litteratures, 2003. 54-61.
  • Colón, Cristóbal. “Textos y documentos completos. Relaciones de viajes, cartas y memoriales”. Ed. Consuelo Varela. Madrid: Alianza, 1984.
  • De las Casas, Bartolomé. “Brevísima Relación de la Destruición de las Indias”. Ed. André Saint-Lu. Madrid: Cátedra, 2005.
  • Hanke, Lewis. La Lucha Española por la Justicia en la Conquista de América. Madrid: Aguilar S.A., 1959.
  • Vespucio, Américo. “Cartas de Vespucio”. Trads. Martín Fernandez de Navarrete y Enrique Uribe White. Bogotá: Biblioteca Nacional de Colombia, 1942.


[1] América.

[2] Vespucci asemejaba también este estado de naturaleza y  extrema al afirmar que los “Indios” eran “salvajes” o bárbaros”, que “carecían de vestimentas”, que eran promiscuos y que no tenían autoridad ni ley.

[3] Haití.

[4] De las Casas se refería de ésta forma a Gonzalo Jiménez de Quesada.

[5] Cartas que De Las Casas envió por intermedio de Juan Martínez Guijarro, arzobispo de Toledo, a Carlos V. (De las Casas, 72)

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