Nota de El Traductor: Esta es una traducción no autorizada de la obra cuyo título original es ‘No Man’s Land’ que traducido al español sería “Tierra de Nadie”. Sin embargo, se escogió usar “No es tierra de hombres”, en español, para hacer énfasis en que se está hablando de hombres y de la masculinidad. Jack Donovan, su autor, es el autor del aclamado libro “The Way of Men” (El Camino de los Hombres) y “Blood-Brotherhood: And Other Rites of Male Alliance” (Hermandad de Sangre: Y otros ritos de alianza masculina). Obras en las cuales intenta llevar a cabo una discusión sobre la masculinidad y qué significa ser un hombre (What makes a man good in being a man), libre de las máculas y mal intencionadas definiciones del feminismo emasculador. Jack Donovan ha contribuido artículos para Alternative Right, The Spearhead, The Hall of Manly Excellence, Counter-Currents, In Mala Fide, and Amerika.
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Si usted fuera un escritor de ciencia ficción escribiendo para una revista masculina independiente en los años 40, usted habría soñado con un tenebroso futuro distópico en el que las mujeres mandan. Usted tal vez habría descrito un “Nuevo Orden Feminal” o habría titulado su obra “El Fin de los Hombres”. Para su bizarro mañana, usted también habría visionado un mundo en que los niños varones fueran castigados, drogados o expulsados de la escuela por el tipo de cosas que usted recuerda hacer normalmente de niño. Los hombres serían referidos como “el segundo sexo”, vistos como “patanes” y relegados a trabajos de bajo estatus y mal pagos. Las mujeres serían sexualmente promiscuas, incluso marchando juntas como “putas orgullosas”[1], mientras los hombres estarían legalmente obligados a pedir permiso expreso por cada beso[2]. Cuando llegue el tiempo para reproducirse, las mujeres a menudo criarían a los críos (con suerte niñas) por su cuenta. Los padres serían considerados escasos, pero en última instancia, desechables.
Sus lectores, en aquel entonces, habrían tenido una pequeña risita.
Sin embargo, si los escritores de los periódicos y revistas más grandes de los Estados Unidos estuvieran en lo cierto, ese futuro parece no ser tan lejano. Aunque su redacción tuviera un toque de fantasía y las cosas no estuvieran tan mal como dicen, parece haber un creciente consenso de que a menos de que ocurran mayores cambios, el futuro no es tierra de hombres.
En mayo del 2000, Chritina Hoff Sommers retó el saber convencional acerca del sexo y de la educación cuando escribió para The Atlantic que era “un mal momento para ser un niño varón en los Estados Unidos”[3]. A lo largo de los 1980s y 90s, autores feministas incluyendo Carol Gilligan y Mary Pipher habían convencido a los educadores que las escuelas favorecían a los niños y defraudaban a las niñas. Sommers presentó el caso de que, quizás al menos en parte en respuesta a esfuerzos demasiado apasionados para ayudar a las niñas a lograr la paridad, la evidencia mostraba que las niñas de hecho estaban obteniendo mejores notas y tenían más altas aspiraciones educativas que los niños. Los niños estaban dominando las listas de “fracaso, de atraso y de problemas de aprendizaje”. Las niñas parecían estar más “dedicadas” al proceso educativo. Los niños seguían obteniendo aún mejores notas en algunas pruebas estandarizadas (como el SAT) pero esto fue porque pocos niños “en riesgo” se molestaban siquiera en tomar el test. De acuerdo con Sommers, el grueso de las niñas estaban haciendo las reglas. Los programas para ayudar a los niños tenían muy baja prioridad y la brecha de género en el éxito académico se venía ampliando.
Businessweek anunció en su portada un artículo de 2003 confirmando “La Nueva Brecha de Género”, Michelle Conlin afirmó que los niños se estaban convirtiendo en el “segundo sexo” desde el kínder hasta la graduación. Ella reiteró las conclusiones de Sommers y describió un deprimente panorama donde los niños eran denominados como problemáticos y “tocones”, y en el que un alarmante número de ellos eran diagnosticados con Trastorno por déficit de atención con hiperactividad. Conlin identificó lo que ella llamó un “escalofriante patrón de masculina desconexión y dependencia económica” que comenzaba en la juventud y aumentaba como una bola de nieve a través de la adolescencia, los años de universidad (o análogos), una decreciente tasa de hombres votantes y bajo rendimiento profesional[4]. Igualmente, Thomas Mortenson, un académico del Pell Institute para el Estudio de la Oportunidad en la Educación Superior, le respondió a Conlin que la “nueva economía” era “un mundo hecho para las mujeres.”[5]
Peg Tyre luego escribió para Newsweek en 2006 que las cosas se habían puesto más difíciles para los niños en la educación. De 1980 a 2001, el número de niños que dijo que no les gustaba la escuela aumentó hasta el 71% en un estudio conducido por la Universidad de Michigan. Cuando su pieza fue publicada, los hombres se habían vuelto una minoría en los campus universitarios, representando tan solo el 44% del cuerpo estudiantil.
Yo fui testigo directo de esto cuando se me pidió asistir a un taller “La Masculinidad en el Siglo 21” en un colegio privado del área. El Colegio era mixto y extremadamente liberal, pero el taller estaba dirigido solo para los chicos. Tuvo muy buena audiencia y los chicos tenían mucho que decir. Aunque los chicos fueran económicamente privilegiados, sus pares femeninas también lo estaban, así que en su mundo la clase social no era un factor. Había consenso generalizado de que los chicos se sentían de que a donde fuera que ellos vieran, incluso cuando se trataba de la educación física, “todo se trataba de qué es lo que querían las niñas.” La jerarquía social típica de las películas adolescentes de los chicos populares vs. nerds parecía también estar invertida. Eran los “alfas” naturales del grupo quienes parecían ser los más frustrados y privados. Ellos me contaron que eran constantemente corregidos y que les decían qué decir y cómo sentirse. A pesar de que los feministas digan frecuentemente que la masculinidad es meramente un rol que los hombres “desempeñan” y que el feminismo libra a los hombres de tener que conformarse a un ideal poco realístico, era claro para mí que estos chicos se sentían como si tuvieran que tener cuidado con todo lo que decían y hacían y que nunca sentían como si pudieran simplemente “ser ellos mismos”.
El asesor de los medios Guy Garcia escribió que, “Si los hombres fueran una marca, su valor estaría cayendo, simplemente porque la sociedad no está comprando lo que están vendiendo”[6]. En su libro de 2008, The Decline of Men (La Decadencia de los Hombres), él argumentó que los hombres estaban preocupados con anticuadas expectaciones e “hipermasculinos” rituales de violencia, mientras que las mujeres estaban obteniendo la mayoría de las credenciales académicas y haciendo más dinero. Los hombres estaban “optando por dejarlo todo y quedarse por detrás”[7]. Él imaginó un futuro en el que, en una inversión de los roles románticos, los hombres que querían casarse terminarían esperando pacientemente la espera del teléfono con la esperanza de que la Sra. Correcta llamase. Esta inversión a causa de que los hombres tendrían tan poco para ofrecer a sus pudientes y profesionalmente orientados prospectos femeninos. Sin embargo, García se preocupó por que los hombres tal vez “se sacudieran sus cadenas, tirando abajo, con ellas, todo el templo”[8].
En el mismo año, el sociólogo pro-feminista Michael Kimmel le advirtió a los padres acerca del atractivo señuelo de “guyland”[9] (tierra de chicos). Los Chicos de fraternidad, aquellos jóvenes que por décadas se habían estado preparando para seguir una carrera y casarse, se han estado desinteresando cada vez más en hacer lo uno o lo otro. De acuerdo con Kimmel, “los chicos” estaban posponiendo aquellos marcadores tradicionales de la adultez hasta sus treinta. Él admitió qe los medios mostraban a los hombres casados rogando por sexo y siendo infantilizados rutinariamente por sus propias esposas[10]. Kimmel escribió “Si esa es tu idea de adultez, de matrimonio y de vida familiar; tiene sentido que quieras posponerla lo más que se pueda o de al menos tomes el tiempo para idearte formas de evitar las dificultades para que tu vida no se vuelva de esa manera.” Él observó que los hombres jóvenes a menudo estaban viviendo agrupados juntos tiempo después de la universidad, perpetuando la vidad de fraternidad, ocupando “MCJobs” (Trabajos en McDonalds), bebiendo, apostando y “hooking up” con chicas por sexo casual. Kimmel explicó que mientras las mujeres jóvenes estaban llegando a la mayoría de edad entusiasmadas por sus posibilidades y creyendo que todo es posible para ellas, más y más hombres jóvenes se estaban volviendo adictos a los deportes, el porno y los videojuegos.
Para el 2009, había una creciente evidencia de que los niños estaban quedándose atrás en la escuela y de que muchos chicos estaban más interesados en irse de fiesta, coger o molestar por ahí más de lo que lo estaban en casarse o invertir en sus propios futuros. A las mujeres les estaba yendo bien, los hombres estaban divirtiéndose y todos estaban ganando dinero. Así que a nadie le interesó demasiado.
Sin embargo, dos eventos trajeron “el declive de los hombres” en el reflector.
El primero fue el que se le conoce como “la gran recesión”. La grave crisis económica de fines de la primera década del siglo 21, incluyó un desinfle de la burbuja de los bienes raíces que resultó en despidos y en escasez de trabajos que afectaron desproporcionadamente a los hombres del sector de la construcción y otras industrias relacionadas. El término “man-cession” (Recesión masculina) se volvió popular en describir una brecha sustancial en el desempleo entre hombres y mujeres. Los hombres estaban perdiendo sus empleos a un ritmo desproporcionado y el crecimiento laboral proyectado apuntaba a sectores de servicios dominados predominantemente por las mujeres como la asistencia sanitaria.
El segundo evento que trajo la atención al problema con los hombres fue un hito para las mujeres. A finales del 2009, las mujeres estaban encantadas de afirmar que ocupaban más de la mitad de la fuerza laboral. María Shriver y el Centro para el Progreso de los Estados Unidos sacó un triunfante reporte titulado A Woman’s Nation Changes Everything [11](La Nación de la Mujer lo Cambia Todo), que denominó a las mujeres “The New Breadwinners” (El nuevo sostén de la familia). Oprah Winfrey escribió un epílogo al reporte, el cual le decía a las mujeres que dependía de ellas “girar el mundo para donde toca.” The Economist puso a Rosie la Remachadora en su portada anunciando que en una “silenciosa revolución,” las mujeres estaban “tomándose el lugar de trabajo” en lo que era “indiscutiblemente el más grande cambio social de nuestro tiempo.”[12]
En 2010, Hanna Rosin declaró en The Atlantic que tal vez sea “El Fin de los Hombres” (The End of Men) y preguntó si la sociedad postindustrial moderna era simplemente más adecuada para las mujeres. Rosin escribió que por cada dos hombres que obtienen un título profesional, tres mujeres obtendrán uno; y que en las quince categorías laborales proyectadas para crecer en los Estados Unidos, todas menos dos estaban ya dominadas por mujeres. Ella caviló que “la economía estadounidense en cierto modo se está convirtiendo en una especie de sororidad: mujeres de clase alta dejan el hogar y entran en la fuerza de trabajo, creando trabajos domésticos para que los llenen otras mujeres.” Incluso las mujeres de clase trabajadora parecen estar haciendo el mismo show en casa, a medida que más padres están ausentes o son simplemente irrelevantes –despojados de autoridad en asuntos del hogar por no estar ganando lo mismo que sus esposas o “compañeras”. Y, por la primera vez en la historia, las parejas alrededor del mundo –incluso en la que una vez fue la estricta y patriarcal Corea del Sur—están esperando más a menudo tener niñas bebés[13].
Para Newsweek, Andrew Romano y Tony Doupkil se quejaron de que a pesar de que incluso las mujeres estuvieran haciendo más dinero, los hombres siguieran haciendo menos de la mitad de las labores del hogar y que estuvieran evitando trabajos “de niña” en la industria de la salud en auge a causa de que ellos se seguían acogiendo a un “rígido guion de masculinidad”[14]. En Los Angeles Times, Neal Gabler escribió que los hombres modernos se habían convertido en “patanes” (louts), y concluyó que “en un mundo de imparables presiones y de amenazante igualdad sexual, los hombres solo quieren ser niños”[15]. Días después en The Wall Street Journal, Kay Hymowitz se preguntó a dónde se han ido todos los “hombres buenos”. Por “hombres buenos”, como Garcia y los otros, ella parecía referirse a un hombre financieramente exitoso que estaba dispuesto a dejar a sus amigos hombres y las actividades que disfrutan juntos –deportes,video juegos, gadgets, películas de acción y sexo con múltiples mujeres—para comprometerse a una mujer y ayudarla a criar una familia (hasta cuando ella lo quiera así)[16].
Las mujeres quieren que los hombres compitan contra ellas en el trabajo y al mismo tiempo quieren que cooperen con ellas para los propósitos de la reproducción. El antropólogo Lionel Tiger identificó esta fuente de “tensión sustancial” en su libro de 1999, The Decline of Males (El Declive de los Hombres)[17]. De hecho, The Decline of Males predijo muchos de los problemas que los escritores citados anteriormente han estado repitiendo una y otra vez por la última década. Jugando con la palabras de Marx, Tiger entendió que los hombres no estaban siendo solo alienados de los medios de producción sino también de los medios de reproducción[18]. La invención de la píldora anticonceptiva, combinado con el alzamiento del feminismo, la economía industrial/información y el Estado de bienestar han producido un “sistema de madre soltera/cabeza de familia”. La intervención estatal, que pretende ayudar a los niños con necesidad, ha creado un nuevo tipo de familia: la burogamia. Tiger definió la burogamia como “un patrón familiar que involucra la madre, un menor y un burócrata”[19].
El sistema de parentesco patriarcal que demandaba la intervención paternal fue desmantelado por los feministas, la tecnología y el sistema legal. Fue reemplazado con un sistema que le dio a las mujeres el control sobre virtualmente todos los aspectos de la reproducción y en el que una mujer podría estar segura de que el Estado entraría a proveerle a sus hijos en ausencia de un esposo o de un padre. El divorcio, la mayoría de las veces iniciado por las mujeres, les ofreció a ellas una forma de hacerse con el control de sus familias, incluso cuando un hombre había escogido hacer una inversión paternal. Los hombres se han vuelto jugadores periféricos en las vidas de sus descendencias y ellos pueden ser sacados del equipo por la directora técnica Mamá en cualquier momento. EL burócrata de turno luego determinar cuál sería el rol que tendría el padre en las vidas de sus hijos –en el mejor caso le ofrecerían un rol co-parental; en el peor, él podría ser reducido a un mero cheque.
América puede no ser todavía un matriarcado, pero su estructura familiar se ha vuelto matrilineal, o al menos matrifocal. La práctica de darle a un niño el apellido de su padre es un gesto vestigial, una anticuada norma social de un período anterior. Si las mujeres dejaran de hacerlo por completo o si ellas insistieran que sus nombres vinieran antes en una configuración apellido de la madre—guión—apellido del padre, cualquier persistente ilusión de patriarcado sería añicos. Uno tiene que preguntarse si, en la ausencia de tal ilusión, los hombres invertirían en algo, en lo más mínimo, en la paternidad. El cambio a una cultura de bonobos –donde los varones apenas inseminadores y ayudantes—sería a tal punto explícito y completo. ¿Por qué no simplemente los hombres lo dejan todo y se van por sí mismos o en pequeños e impotentes grupos en busca de jugar juegos y de gratificación masturbatoria a corto plazo? ¿Por qué harían ellos las inversiones o los sacrificios necesarios para ser buenos esposos y buenos padres, cuando una mujer puede quitárselo todo con el más mínimo capricho (whim)?
Ninguno de los autores anteriormente citados que se la pasan regañando a los hombres han logrado conseguir todavía la forma de hacer que los jóvenes “chicos” dejen de beber, de tener sexo casual o de jugar video juegos; y que empiecen familias, en su lugar. Todo lo que han logrado conseguir para exhortar a los hombres a “ser hombres” (man up) es invocar el “rancio script” de un sistema patriarcal que no existe.
Para darle algo de crédito a Kay Hymowitz, ella en su libro titulado Manning Up: How the Rise of Women Has Turned Men into Boys (Volviéndose Hombres: Cómo el ascenso de la mujer ha convertido a los hombres en niños), ella también reconoció que habían razones “demográficas, económicas, tecnológicas, culturales –y hormonales”[20] de por qué los hombres se han estado quedando atrás o han decidido abandonarlo todo; y de por qué, por primera vez, “las mujeres jóvenes están llegando a sus veintes con más logros, más educación, más propiedad y sin duda, más ambiciones que sus contrapartes masculinas.”[21] Ella astutamente observó que no era solo el feminismo sino también la mentalidad de Playboy[22] los que han corroído la prescripción social y moral de amor-matrimonio-bebés la cual, por mucho tiempo, empujó a los hombres jóvenes a pensar seriamente en sus carreras y en el matrimonio desde una corta edad. Mucho más que los otros, ella también simpatizó con el muy satanizado hombre americano –atascado con la cabeza inclinada mirando hacia abajo, hacia la “fría intimidad”[23] de una oficina domesticada y tratado como un desechable pendejo.
Hymowitz wondered, “where do boys fit into the girl-powered world?”[24]
Hymowitz se preguntó, “¿dónde pueden caber los chicos en el mundo de las chicas?”[24]
Ella no tuvo ninguna respuesta. La mayoría parecen alzar los hombros y hacerse los de la vista gorda. Algunos hablan y escriben acerca de hacer el sistema educativo más amigable y abierto con los chicos. Eso no le haría daño a nadie.
Los escritores mencionados más arriba coinciden, en su mayor parte, que pocas industrias en una pacífica, global y economía post-industrial favorecen las aptitudes o los temperamentos de los hombres. Sin embargo, como veremos, la sola idea de que los hombres tienen un temperamento natural irrita los prejuicios establecidos que se inclinan por el determinismo cultural y la ortodoxia de la teoría feminista de los roles sexuales.
En lugar de evaluar críticamente los planes de nuestra sociedad para el futuro e intentar crear un sistema que sea mejor para ambos sexos, la mayoría de los autores han simplemente demandado que los hombres cambien sus temperamentos.
La Masculinidad, así como dice la teoría, puede ser cualquier cosa que queramos que sea –entonces ¿por qué mejor no “reimaginamos” una masculinidad que se adapte mejor al futuro?
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[1] Melnick, Meredith. “From Legal Defense to Rallying Cry: How ‘SlutWalks’ Became a Global Movement.” Time 10 May 2011. Web. 23 May 2011. http://healthland.time.com/2011/05/10/from–legal–defense–to–rallying–cry–how–slutwalks–became–a–global–movement // Nota de El Traductor: Estoy utilizando la misma palabra con la cual las putas de la marcha de las putas quisieron autodenominarse, cuando deberían haber utilizado mejor la palabra promiscuas o fáciles. Esto es porque ¿quién en sus cabales estaría dispuesto a pagarles a ellas por sexo?
[2] “The Antioch College Sexual Offense Prevention Policy.” Antioch College. N.p., 1 Jan. 2006. Web. 23 May 2011. http://antiochmedia.org/mirror/antiwarp/www.antioch–college.edu/Campus/sopp/index.html
[3] Hoff Sommers, Christina. “The War Against Boys.” The Atlantic. May 2000. Web. 2 Mar 2011. http://www.theatlantic.com/magazine/archive/2000/05/the–war–against–boys/4659/
[4] Conlin, Michelle. “The New Gender Gap.” Businessweek 26 May 2003. Web. 23 May 2011. http://www.businessweek.com/magazine/content/03_21/b3834001_mz001.htm
[5] Conlin, Michelle. “This Is a World Made for Women.” Businessweek 26 May 2003. Web. 23 May 2011 http://www.businessweek.com/magazine/content/03_21/b3834010_mz001.htm
[6] Garcia, Guy. The Decline of Men. 2008. HarperCollins e-books. Loc. 738. Kindle.
[7] Ibid. Loc 77.
[8] Ibid. Loc 4190.
[9] Kimmel, Micheal. Guyland. 2008. HarperCollins e-books. Kindle.
[10] Ibid. Loc. 591.
[11] Shriver, Maria. “The Shriver Report : A Woman’s Nation Changes Everything.” The Center for American Progress. The Center for American Progress, 16 Oct. 2009. Web. 24 May 2011. http://www.americanprogress.org/issues/2009/10/womans_nation.html
[12] “We did it! .” The Economist. N.p., 30 Dec. 2009. Web. 24 May 2011. http://www.economist.com/node/15174489?story_id=1517448
[13] Rosin, Hanna. “The End of Men.” The Atlantic. July 2010. Web. 24 Feb. 2011. http://www.theatlantic.com/magazine/archive/2010/07/the–end–of–men/8135/
[14] Romano, Andrew, and Tony Doupkil. “Men’s Lib.” Newsweek. 20 Sept. 2010. Web. 24 Feb. 2011. http://www.newsweek.com/2010/09/20/why–we–need–to–reimagine–masculinity.html
[15] Gabler, Neal. “Day of the Lout.” Los Angeles Times. 13 Feb. 2011. Web. 24 Feb. 2011. http://www.latimes.com/entertainment/news/la–ca–louts-20110213,0,2024755.story
[16] Hymowitz, Kay S. “Where Have The Good Men Gone?” The Wall Street Journal. 19 Feb. 2011. Web. 24 Feb. 2011. http://online.wsj.com/article/SB10001424052748704409004576146321725889448.html
[17] Tiger, Lionel. The Decline of Males. 1999. Golden Books. Print. 233.
[18] Ibid. 249.
[19] Ibid. 159.
[20] Hymowitz, Kay. Manning Up: How the Rise of Women Has Turned Men into Boys. 2011. Basic Books. Kindle. Loc. 1558.
[21] Ibid. Loc. 819.
[22] Ibid. Loc. 1837.
[23] Ibid. Loc. 1910.
[24] Ibid. Loc. 1035.
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