Umrzeć – tego się nie robi kotu. Bo co ma począć kot w pustym mieszkaniu. Wdrapywać się na ściany. Ocierać między meblami. Nic niby tu nie zmienione, a jednak pozamieniane. Niby nie przesunięte, a jednak porozsuwane. I wieczorami lampa już nie świeci.
Słychać kroki na schodach, ale to nie te. Ręka, co kładzie rybę na talerzyk, także nie ta, co kładła.
Coś sie tu nie zaczyna w swojej zwykłej porze. Coś się tu nie odbywa jak powinno. Ktoś tutaj był i był, a potem nagle zniknął i uporczywie go nie ma.
Do wszystkich szaf sie zajrzało. Przez półki przebiegło. Wcisnęło się pod dywan i sprawdziło. Nawet złamało zakaz i rozrzuciło papiery. Co więcej jest do zrobienia. Spać i czekać.
Niech no on tylko wróci, niech no się pokaże. Już on się dowie, że tak z kotem nie można. Będzie się szło w jego stronę jakby się wcale nie chciało, pomalutku, na bardzo obrażonych łapach. O żadnych skoków pisków na początek.
Morir, eso no se le hace a un gato. Porque qué puede hacer un gato en un piso vacío. Trepar por las paredes. Restregarse entre los muebles. Parece que nada ha cambiado y, sin embargo, ha cambiado. Que nada se ha movido, pero está descolocado. Y por la noche la lámpara ya no se enciende.
Se oyen pasos en la escalera, pero no son ésos. La mano que pone el pescado en el plato tampoco es aquella que lo ponía.
Hay algo aquí que no empieza a la hora de siempre. Hay algo que no ocurre como debería. Aquí había alguien que estaba y estaba, que de repente se fue e insistentemente no está.
Se ha buscado en todos los armarios. Se ha recorrido la estantería. Se ha husmeado debajo de la alfombra y se ha mirado. Incluso se ha roto la prohibición y se han desparramado los papeles. Qué más se puede hacer. Dormir y esperar.
Ya verá cuando regrese, ya verá cuando aparezca. Se va a enterar de que eso no se le puede hacer a un gato. Irá hacia él como si no quisiera, despacito, con las patas muy ofendidas. Y nada de saltos ni maullidos al principio.
La digestión de la pulpa del coco demora cuarenta días y cuarenta noches. Ni mucho, ni poco.
Si se ha comido banano y se toma ron, muerte segura. Nadie comió. Ni yo tampoco.
La pepita de la pitahaya si la comes no la muerdas, si la muerdes no la tragues; si la tragas, allá tú.
La pepita de la granadilla si la tragas se te embucha. Para que no se te embuche, mejor que no comas mucha.
Al plátano artón de cáscara roja le falta un grado para ser veneno. Compadre, no coma coco.
La pepita de la granada no es como la de la granadilla. La pepita de la guayaba no es como la de la granada. Y la pepita de la papaya no es como la de la guayaba. Es como la de la papayuela, pero más dulce.
Si es más dulce es más sabrosa, si es más sabrosa es más cara. Para que no sea más cara no compre papaya ni compre nada.
La pepita de la guanábana es como la de la chirimoya. Y ambas son como la de la calabaza. Cuando a uno le dan calabazas no le dan chirimoya ni le dan papaya.
Las pepitas de la guama se usan para hacer zarcillos, quiero decir que se utilizan como pendientes, o mejor dicho lo que quiero decir es que los chicos se las cuelgan de las orejas.
Trae el corozo una nuez, trae la nuez una almendra, pero la almendra de la nuez no es como la nuez del corozo. Si no se entiende, que no se entienda.
La ciruela se lava, pero no se pela; el madroño se pela, pero no se lava. Para saber si una fruta se lava o se pela hay que consultar el diccionario. El diccionario tiene la palabra. Pero si no la tiene, será que le falta una página.
La pulpa de la algarroba se ataruga y se atraganta. Si tomas agua se forma una pasta y se te pega en la garganta. Con la garganta atragantada tratas de ver si resuellas o si no resuellas nada. Si no resuellas, mortus est.
El hicaco es una fruta especial para diabéticos: no tiene azúcar, ni tiene harina, ni tiene hicaco ni nada.
El que come patilla oxidada, seguro estira la pata. Para no correr el riesgo es mejor comer sandía. La sandía es una fruta sandia.
El tamarindo es la fruta que más me gusta, porque es de negros y de tierra caliente.
Qué sería de los blancos cuando van a tierra caliente si los negros no les sirvieran refrescos de tamarindo.
Con el sabor áspero del tamarindo se forman bolas ácidas recubiertas de azúcar, que sirven para vender en las calles de Cartagena, y se hace el espejuelo de tamarindo, para lamer sobre hojas de plátano.
También se hacen sorbetes para el arzobispo, y además el árbol de tamarindo produce una sombra verde y fresca para construir un banquito y sentarse alrededor del tronco.
El tamarindo es un tronco de árbol copudo completamente lleno de tamarindos.
Sólo los negros lo pueden coger, porque no es fruta de blancos.
Si los blancos tuvieran tamarindo, entonces los negros serían blancos. Pero no puede ser.
Hay muchas frutas que son de negros. Dios les dio a los negros la tierra caliente y las frutas, porque Dios tiene predilección por los negros; eso es evidente.
A los blancos los puso en tierras frías, para que se resfríen, pero ellos inventaron la aspirina y las cobijas de lana.
El níspero y el mamey son frutas de negros. Y el zapote también. Pero lo que pasa es que a los blancos siempre les ha gustado comerse la comida de los negros. Y la música de los negros. Y los bailes de los negros. Y las negras de los negros.
Sigamos: mi negra se emperejila, se emperespeja, se aliña,
Con alhucema y albahaca, con cidrón y toronjil,
Con lavanda, con canela, con loción y con anís.
Mi negra tiene un meneo que no cabe por la calle,
Mueve el tacón y la punta del zapato y ese baile
Derrama tantas fragancias que no caben en el aire.
Mi negra es alta y esbelta, muy lucida y bien plantada,
Su cuello es tan largo que anda su cabeza por el aire.
El donaire de mi negra no cabe en ninguna parte.
Mi negra tiene ojos blancos, dientes blancos, calzones blancos,
Calzones en diminutivo, calzoncitos, prendas íntimas…
Yo no sé qué tienen de íntimas si las anda mostrando por todos lados.
Cuando mi negra se desnuda queda completamente desnuda,
No como las blancas que aunque se desnuden siempre tienen algo que las cubre, aunque sea un concepto.
Mi negra no tiene conceptos, ella nació y se crió desnuda, y por lo tanto no se puede vestir completamente, porque mientras más se viste más desnuda queda.
Mi negra se aceita el codo, se pule el pelo, acicala,
Se emperimbomba, se tiñe, se sahúma, se apercala,
Se va de rumba y regresa cuando está la noche alta.
Yo no sufro por mi negra. ¡Cómo me alegra mirarla!
Mi negra camina en versos de cuatro o cinco tonadas,
Su habla es un canto largo, con las palabras cortadas.
Mi negra es dulce por fuera. Por dentro yo no sé nada.
No sé si Usted recuerda la translucencia de la ventana empañada por el frío. Esa misma que guardaba un mensaje dibujado con los dedos en una noche de promesas bacanales. Haga un último intento, cierre los ojos y verdaderamente recuerde. No piense en el espectro, ni en el pasado, ni en el futuro. Más bien recuerde ese nevado domingo en que ella miraba desde el segundo piso a la mitad del camino de nuestra vida, donde se encontraba un schnauzer en la calle oscura, porque su recta vía estaba esmarrita.
Este perro era una estatua zen, imperturbada por el frío. Apenas y salía vapor de su negra nariz. ¿Estará congelado? ¿Por qué no vas afuera a darle algo de tu calor? Seguro morirá si nadie sale. Pero nadie mira por las ventanas de la calle que da al túnel. Es como si el mundo estuviera apagado, sin más luz que la de su invernal blancura reflejando las luces del café del frente.
Él la miraba fijamente con sus ojos noche y ella le retornaba con su mirada de amante. Amante por la vida que estaba allí afuera en ese frío domingo capitalino en el que solía quedarse acostada en la cama con la resonancia de su placentero sonajero, imaginando que el frío le acariciaba la piel y le calentaba sus orillas.
No podía aguantar a dejarlo morir allá afuera, a pesar de que su mirada no le pedía nada y al tiempo le robaba todo. La desprendía de sus ganas de estar refugiada y violar su religioso ritual dominical de atender el altar de su propia soledad acogedora. Una soledad de la que nunca quiso salir, hasta que vio al perro blanco allí al frente del Olimpo.
Intentó darle la espalda y volver a su ritual matutino o vespertino. Ya no importa la hora, es domingo y ella mañana vuelve a trabajar. No tiene sentido salir a enfriarse cuando simplemente puede volverse a acostar con sus papitas, su rosin de hamburguesita y su varita mágica, los cuales la transportan lejos de la Sociedad del Cansancio.
Sin nada más encima que su amor por todas las formas de vida peludas y sus pendientes atravesando las cimas de sus sensibles montes de la madre que pudo ser, se levantó, arrumó el desorden de las botellas y, a través de ellas. Descalza, pecosa y caucásica se abrió paso feralmente hacia la puerta que da al pasillo. Algunas debieron romperse, pero ninguna penetró en ella, que de allí bajó con saltitos felinos, apenas cubierta a enfrentarse con la fría fricción de la realidad, con tal de poder salvar al perro que no sabía que necesitaba de ella.
Aún viéndola bajar del Olimpo, el espolvoreado perro siguió ahí sin sobresaltarse, como si hubiera estado esperándola toda la vida. El schnauzer de barbas y pelo largo, –que seguro se encontrarían por todos lados cuando barres el piso blanco del impagable apartamento–, estaba sentado y quieto.
Apenas perdido entre su mezcla de pelaje y nieve hueso, sobresalía el brillo de la cadena que seguro lo llevaría a casa. La curiosidad de ver más de cerca la cadena que parecía resguardarlo incólume del frío con la Bendición de San Benito le pudo. No aguantó bajar a la acera desde su cálido apartamento.
Mientras se acercaba a él, a gatas, con tal de no inquietarlo de su posición de estatuilla, ella difícilmente aguantaba el cosquillear de la nieve en sus descalzas patitas blanquirosa y sensibles al menor roce de los copos, que en ese momento fueron para ella como los dedos que en una vida pasada la hicieron varias veces casi orinar de risa, cuando se aproximaban a sus zonas prohibidas en sus pasadas peleas de cosquillas sobre la cama.
El vapor de su nariz rosa olió el duro caparazón de hielo que cubría al perro como una armadura. Ella pudo sentir más allá de lo augusto de la armadura. Si bien esta se veía firme y dura como un caparazón de plata, por dentro estaba oxidada.
Ella reparó en que el perro no se podía mover, apenas estaba respirando, tornando su nariz negra y sus ojos noche en un gris espectral que dejaba su cuerpo con cada aliento de vapor de agua. Acercó sus mitones suaves a la escafandra helada para poder ver a través de ella, limpiando lo empañado y dejando ver la cadena que yacía debajo, pero el frío hipotérmico quemó sus almohadillas al primer contacto, así que ya no podía ver el collar para llamar a casa del perro paleta.
Ella intentó con todas sus fuerzas alzar el yelmo del perro, pero sus manos empezaron a sangrar gracias a las garras de la desesperación. Los ojos noche del perro se tornaban cada vez más grises, como por cataratas que lo llevaban al mundo de la ceguera sepulcral. De todas formas, él ya no podía más ver los colores, se supone que los perros sólo ven en blanco y negro, pero este sólo veía el blanco y el rojo que tinturaron de rosa pastel el pelaje y la nieve que se acumulaba sobre ella.
Las luces de la cafetería, que servía un quiche de pastrami y un sorbete de guanábana que le encantaban a ella, se apagaron. Los financieros se quedaron en el mostrador. Ya ni el calor de la iluminación artificial servían de pretexto para no tiritar. Ya estaba cansada de intentar penetrar en la fría coraza protectora y asesina del perro.
Ella intentó alzarlo, pero el perro no se dejaba y no la dejaba. Estaba rígido ahí, en medio de la calle que da al túnel, donde, paradójicamente otro perro se congeló para siempre, pero quemado por un hijueputa.
Se le ocurrió recurrir a lo último que le quedaba para al menos poder estar tranquila de que hizo todo lo posible y no cargar con la culpa que no escapaba del pecho del perro. Empezó a lamer y a lamer y a lamer. La coraza, curiosamente no sabía a lágrimas, que es lo que dicen es el sabor acuisalado de la nieve.
Disfrutaste tu vida como la única en la casa, siendo siempre el centro y estrella de tu mundo celestial y ahora ¿vas a morir por un estúpido perro? Eras mejor que eso. Nunca ella tuvo menos de lo que deseaba y si no lo deseaba no lo quería, pero por llegar al interior de él y poder salvarlo lamió más de lo que podía humectar. ¿Cómo llegaste a este predicamento? ¿Tú de todas?
Se suponía que la vida era un camino que recorríamos para cambiar nuestra dirección, para cambiarnos. Pero resulta que las cosas pasan por uno y lo traspasan, dejando en nuestro interior poco más que una historia cuya moraleja olvidamos con la siguiente experiencia volátil, restando apenas la oscuridad, el silencio y la amnesia de una tarde nevada de domingo, senza di te.
De tanto lamer y lamer le supo a la leche que su amo solía darle cada mañana y que salpicaba su cuerpo y chorreaba su acogedor interior. De repente, se empezó a escuchar el tarareo de una canción retumbando desde la tumba glacial del perro. Era una canción que ella se sabía, y nunca pudo olvidar, como el viento nublado que se alzaba esa tardenoche de domingo en que ella conoció el hielo y las mariposas ya no se alzaban más, a pesar de bater y bater sus alas en un pequeño torbellino que no las despegaba del girasol que yacía todavía sin marchitarse en el florero junto a la ventana. No estaba marchito, sino disecado del frío.
Poco a poco, con la calidez de su lengua cada vez más carrasposa por la fricción contra el blindaje del perro, ella fue descubriendo poco a poco la cadena que él llevaba y que le diría a dónde llamar para llevarlo finalmente a casa. Pero no, esta tenía otras inscripciones incomprensibles para un gato.
Ella siguió lamiendo y lamiendo, ya lo estaba logrando, pensó que estaba llegando por fin al interior de él, que podría salvarlo. Ella estuvo dispuesta a todo. Su lengua empezó también a arder de rojo. Ahora ella estaba toda tinturada de rosa pastel, color del altar que ella soñó caminar directo.
El perro se levantó finalmente, se sacudió el resto de la nieve que le quedaba gracias a ella, descubriendo un pelaje negro, liso y abundante que se enredó en los recuerdos de ella desde mucho antes de ese domingo de verano. Sin darle las gracias se dio la vuelta. Un viento azul sopló desde arriba y se lo llevó volando, deshaciéndose sin Remedios, como si le arrancaran suavemente los pelos que ella solía barrer de su apartamento.
No le quedó más que volver adentro. Suspiró. Tranquila de haber hecho todo lo posible al final. Cuando llegó a la puerta se paralizó frente a ella, los pelos se le pusieron de punta como sintiendo el roce carino de los dedos que una vez acariciaban su médula más interna y se percató de que la llave estaba en cualquier parte, menos afuera. La llave de Schrödinger podría o no podría estar adentro. Eso nunca lo sabremos con certeza.
Sólo sabemos que, antes de alejarse, ella no sintió ni lástima, al menos la puerta había quedado bien cerrada sin necesidad de tirar la llave a la alcantarilla. No importa ya que algún pobre diablo de otro cuento se le ocurriera robar y se metiera en el 206, a esa hora y con el interior gélido o tórrido, eso ya ni lo puedo saber.
《Il n’y a qu’un problème philosophique vraiment sérieux: le suicide》
Le Mythe de Sisyphe d’Albert Camvs
La fecha pasó. No hubo consorcio de vida ni nada por el estilo. Algo que Usted, con sus dones de clarividencia, no me puede negar que en el fondo presentía también llegaría y pasaría de largo, como una fecha más.
Ahora, usted no está y yo no puedo dormir sabiendo que la mandé al cuerno, de un unicornio. Siento la misma sensación de la primera vez que la vi en un jacuzzi diferente al de nuestra primera noche, tras la cual pensamos erróneamente no querer volver a separarnos. Usted por mi engaño; yo por mi delirio.
Siento lo mismo que sentí, mas no puedo dejar de visitar su anuncio publicitario una y otra vez e imaginar las experiencias y placeres que no viviremos (ja)más. Me saca de las sábanas. ¿Será este asco excitante que acelera el corazón el mismo que usted sintió cuando supo por efecto de la agnición nocturna que violé Sus mandamientos, pero que inevitablemente la llevaba al onanismo mecánico? Un baño de realidad, en la noche, no cae (tan) mal. Usted lo sabe mejor que yo.
Igual no la juzgo. Soy peor y, por tanto, ni tengo jurisdicción alguna. Eso Usted ya lo tiene bien sabido, consabido y repetido, sin necesidad de que le confirme la verdad de que busco desde hace días su reemplazo a fin de matar los rezagos cada vez más desvanecidos de nuestro efímero baile, que ahora ni sabemos si será siquiera semanal.
Sé que nunca reencontraré a la Unicornio. Pero nada me impide tal peripecia, así no alcance el zénit que lograba al peregrinar al acogedor altar de la Diosa que ahora me castiga con el olvido y la vigilia. Sólo que a la manera de un Sísifo al que se le cae el tronco más que la piedra al trepar montes de Venus ajenos y lejanos al país de la legendaria Jezabel. Geografía que alguna vez él exploró con gozo y realización de llegar a sus cimas, e internarse en la profundidad de su estrecha y sonora gruta que ahora recibirá nuevos espeleólogos.
Eris, veo que con el paso del tiempo nos vamos helando más y más. Lo noté. En tu voz cuando me dijiste que pensáramos lo de la próxima semana. Y está bien.
Por un momento largo que duró todo el día, dudé si Usted vendría a la clase de salsa o no. Estuve súper ansioso. Tal vez ni le interese escuchar o leer lo que digo so pena de helarse más tal como me dijo que le causaba ahora lo que yo le decía, cuando en otra época le habría “calentado el corazón”. Qué curioso que ya hablemos de otra época, de historia pasada, con verbos en pasado, Ustedeos que Usted me había quitado.
Pero sí, lo estuve al punto en que casi no me concentré en el training, sino hasta cuando simplemente acepté la posibilidad casi hecha certeza de que usted no vendría.
En ese momento en que dejé esa expectativa, ahí sí me pude relajar y volver a poner atención. Pensé que no vendría porque su mensaje diciéndome que se le helaba el corazón, me heló a mi todo.
“¿Que ya no tenga mensajes de amor para ti impide que aprendamos a bailar juntos?” — me preguntaste.
No, no lo impide, fue más bien el tono final de cuando me dijo que se le helaba el corazón. Ese verbo se repite en mi mente.
Lo que me hizo pensar que no. Alcancé a pensar en cancelar, pero preferí no hacerlo. Si se perdía, que se perdiera. Ya no es que haya mucho. Ya hemos perdido más. La reserva es nada en comparación.
Así usted diga que estoy siendo negativo. Pues, es negativo, pero realista. Realmente fue una pérdida y una lección. Pero fue una pérdida.
Me alegró que fuera, aunque ya ni lo esperara. Agradeceré lo poco que tenga de contacto con usted hasta cuando sea sostenible. Pues cuando a usted le falle su firmeza y heladez, yo lo seré por Usted, y visceversa. No obstante lo dudo. Es más posible que yo falle. Y que usted se mantenga firme y helada, cada vez más con el paso del tiempo hasta el día en que ya ni queramos ni vernos más.
Sé que Usted no quiere que tenga de nuevo la posibilidad de decepcionarla. “Tal vez en ese sentido sea mejor dejar de vernos del todo y ya, no lo había pensado” — me dijo Ud. Yo sí lo he pensado y lo pienso cada vez que veo que los mensajes se van enfriando que ya ni vernos para bailar da lugar ni a un abrazo, cuando en algún momento no nos parábamos de la cama por días. Tal vez lo nuestro se quemó rápido como un cigarrillo: la felicidad se esfumará hasta que no queden ni las cenizas en el cenicero.
No te decepcionaré en que realmente puedo ser más helado e indiferente de lo que piensas. A mayor nivel incluso que tú.
Y si por algo quiere seguir aprendiendo a bailar, que sea una decisión cada semana. Sin más expectativa que practicar nuestros pasos.