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El Monster Feminista

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El film Monster (USA, 2003, Dir. Patty Jenkins), basado en la vida de Aileen Wuornos una trabajadora sexual quien fue condenada por seis homicidios en 1992 y ejecutada en Florida diez años después, nos propone observar la criminalidad desde un(os) punto(os) de vista del feminismo.

Este film nos presenta a Lee (Charlize Theron) quien, después de un corto flashback de sus comienzos en la prostitución desde la infancia, está decidida a finalizar su vida con un revolver si ésta no le trae nada bueno con los cinco dólares que recibió de una mamada del que ella creía para ese momento sería su último cliente. Para suerte suya, en un bar conoce a Selby (Christina Ricci), a quien inicialmente rechaza en sus intentos de coqueteo, pero a medida que progresa la historia se convertirá en su protegida y amante en contra de su promesa de dejar la prostitución y de lo que dijeran los tíos de Selby sobre su relación por querer “curarla” de su orientación.

Aún habiendo prometido dejar su profesión, Lee no ve otra alternativa que volver a ella para poder consentir a Selby, quien a veces parecía más preocupada por ella misma y por el dinero que Lee pudiera conseguir, que por lo que ella pudiera aportar a la relación. Es así que para la primera cita, Lee vuelve a la carretera para conseguir un poco de dinero con el cuál poder invitar a quien sería su chica, pero un cliente la retrasaría al golpearla hasta dejarla sin conciencia, atarla y violarla.

Quien observa el film inmediatamente siente empatía por Lee, no solo por una excelente interpretación que le valió el Oscar a Charlize Theron sino porque el mismo personaje inspirado en Aileen Wuornos no se vé tan “monstruoso” porque la directora y guionista Patty Jenkins logra mostrarnos su lado humano y entender el por qué ella actuó como actuó; sea reprobable o no, el film no nos hace que la veamos como su alias “Monster”.

Lee se reencuentra con Selby, quien desconociera lo que tuvo que hacer Lee para poder sobrevivir y traerle dinero. A pesar de esa experiencia, Lee decide ‘corregirse’ finalmente, buscar un trabajo decente y seguir su sueño de comprar una casa en la playa para vivir con Selby. Pero no sería tan fácil. Lee se enfrenta al rechazo de empleadores quienes no ven en ella una posible candidata por carecer de “cualificaciones” y también a los caprichos de Selby que le pide más y más. Su retiro de la prostitución sería muy corto.

Pero su regreso al ‘oficio’ no sería igual, porque además de sentir las presiones de Selby, Lee ahora se enfrentaría al recuerdo traumático de su último cliente como de las violaciones que sufrió de niña por parte de su, llevándola casi a decir que mata a los hombres como él, los cuales merecen morir.

Todo este recuento hasta ahora no es por dañar la película, sino para servir de preámbulo a un análisis “feminista” y luego proponer otro “antifeminista” del film porque de acuerdo con Rafter y Brown (2011) no hay “una” teoría feminista del crimen, sino que hay “múltiples formas de experiencias con el crimen que se derivan de las experiencias ordinarias de las mujeres”, como Lee o Aileen Wuornos, la primera “asesina serial americana”. No obstante esto, Daly (1998) sostiene que hay cuatro áreas de enfoque en las cuales se enfoca un análisis feminista del crimen: El primero son los roles de género en relación al crimen que explicarían el por qué hay diferencias entre la cantidad de crímenes cometidos por hombres y/o mujeres; segundo, los diferentes caminos e historias de vida entre los criminales hombres y mujeres, y cómo estos caminos influyen en sus conductas; tercero, las diferencias de género en la organización social del crimen y cómo la sociedad reacciona frente a estos de manera desigual de acuerdo con el género; y cuarto, el rol del género en áreas más amplias de la vida, incluyendo los efectos en cómo hombres y mujeres se proveen de recursos para vivir (Rafter y Brown, 2011, p. 154). Daly y Chesney-Land (1998) también establecen que el género no es un hecho natural sino que es una compleja construcción social que juega un rol fundamental en cómo se ordena la sociedad patriarcal en la cual el género femenino está construido como subordinado al masculino, hecho que se refleja en la criminología que refleja sus puntos de vista, marginando los puntos de vista femeninos.

De este modo y tomando los presupuestos de un análisis feminista, apartado de la criminología convencional por ser esta reflejo de los puntos de vista masculinos, se sostendría que Lee se vió llevada a actuar como actuó por una serie de condiciones en su vida que se dieron en función a que vivimos en un sistema “patriarcal” que construye el género femenino como subordinado al “masculino”, al reducirlo a un objeto sexual al servicio de los hombres por medio de la prostitución de la cuál es muy difícil salir. La pregunta que surgiría de esto es, ¿Si el patriarcado y la dominación masculina es tan fuerte y llevan a actuar a las mujeres de cierta forma, puede ser responsable una mujer de los delitos que comete?

Aquí es donde radica el punto central de las discusiones sobre el feminismo, la agencia de las mujeres y su responsabilidad. Y es verdad que la sociedad no es justa y que en ella hay “interseccionalidad” de factores como la raza y que sirven para la opresión de unos por otros, pero esta noción de que la ‘Dominación masculina’, el ‘Machismo’ y/o el ‘Patriarcado’, –formas con las cuales los feministas denominan al sistema de cosas que pareciera omnipresente, omnisapiente y omnipotente porque para el feminismo éste beneficia a todos los hombres a costa de todas las mujeres– se tiene que cuestionar. Si se toma la teoría del patriarcado como cierta, significaría que el movimiento feminista sería parte del ‘poder masculino’ y existiría en él. El feminismo sería así una creación del ‘patriarcado’ y cualquier intento de “liberación” femenina e incluso de agencia estaría condicionado por las relaciones de poder que éste impone.

Como los feministas como Daly y Chesney-Lind (1998) consideran al “género un constructo social”, es posible decir que “el patriarcado es un constructo” feminista sin el cuál todas sus teorías se caen. Se cae por ejemplo en las numerosas veces que ha sido desvirtuado las supuestas brechas de géneros en virtud de las cuales las mujeres ganan menos que los hombres por un mismo trabajo. Feministas, como Cristina Hoff Sommers o Warren Farrell han desvirtuado ésta falacia feminista una y otra vez, pero los gobernantes en campaña lo siguen utilizando como tarjeta para ganar votantes.

Por otro lado, si se lleva a su término lógico el hecho de que el género es un ‘constructo social’, ¿cómo pueden afirmar los feministas la brecha de género en el que los hombres son procesados en mayor proporción que las mujeres? ¿Por qué los feministas se niegan a hablar de por qué las mujeres reciben menores penas por los mismos delitos que cometen los hombres, en especial los hombres de color? Si el género es un constructo social, ¿cómo pueden afirmar que las cárceles están llenas de hombres? ¿Y si estuvieran llenas de personas que se autoidentifican como mujeres o cómo otro sexo? ¿Por qué los feministas reducen sus estudios del género y la criminalidad a sólo dos espectros de género?

En estas preguntas vemos la contradicción feminista: proponen el género como resultado de un proceso histórico de etiquetamiento social y de auto reconocimiento, pero afirman argumentos esencialistas cuando proponen campañas de concientización para evitar el maltrato y la violación, dirigidas exclusivas a los hombres, etiquetándolos de facto como violentos violadores y por contera considerando a las mujeres como víctimas indefensas sin capacidad de decisión. Ello resultaría escandaloso si se reemplazara hombres por otra categoría sospechosa. Por ejemplo, si ante las estadísticas de que mayores afroamericanos cometen crímenes, los feministas propusieran campañas de concientización a los hombres afroamericanos con el fin de que no roben. Enseñar a no violar es tan sexista como pretender enseñar a no robar a los afros es racista.

Pero el sexismo contra los hombres no es reconocido del mismo modo en que es reconocido el sexismo hacia las mujeres. Mientras que existe el tipo de feminicidio en muchas legislaciones penales del mundo, ninguna castigaría como “masculinicidio” o “misandria” los homicidios cometidos por Aileen Wuornos, lo que implica que el género femenino, que los feministas argumentan es igual, recibe una protección especial por parte de la ley. Tal es el doble estándar que además de darles menos penas a las mujeres por los mismos delitos, la cultura y los medios ven como gracioso o justificable la violencia hacia los hombres. Maltratar a una mujer está mal por parte de un hombre, en todas las circunstancias, pero el hacerlo contra un hombre siempre se asume que hay una razón detrás, algo debió hacer para merecerlo.

El feminismo se autodefine como una teoría política que busca la igualdad, pero sus aplicaciones en la práctica no justifican esta definición. Para empezar, ¿por qué llamarlo feminismo? ¿Por qué no llamarlo “igualitarismo” o “humanismo” si pretende la igualdad entre todos? Al parecer es porque pretende más igualdad para unos que para otros.

El film Monster nos revela en nuestros espectadores las actitudes sexistas que tenemos cuando nos enfrentamos a un criminal “hombre” y a un criminal “mujer” (lo pongo entre comillas porque estas divisiones están puestas en duda) y cómo tendemos a castigar con más dureza a unos, en especial si son pobres y de color frente a otros que se consideran “mujeres” y reciben castigos más beneficiosos. ¿Es posible considerar la Criminología como un campo que reproduce las visiones que los hombres tienen sobre las mujeres? ¿O sólo las visiones que tienen ciertas personas con privilegios sobre el amplio espectro de géneros?

Bibliografía.

Nicole Rafter y Michelle Brown (2011), “‘Let her go’. Feminist Criminology and Thelma &

Louise”, en Criminology goes to the Movies, New York, New York Press, pp. 153-166.

 

Kathleen Daly y Meda Chesney-Lind (1998), “Feminism and Criminology”, en Justice Quarterly,

5, pp.: 497–538.

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Voltaire (1694 -1778) : Adieu à la vie 

Adieu à la vie

Adieu ; je vais dans ce pays

D’où ne revint point feu mon père :

Pour jamais adieu, mes amis,

Qui ne me regretterez guère.

Vous en rirez, mes ennemis ;

C’est le requiem ordinaire.

Vous en tâterez quelque jour ;

Et lorsqu’aux ténébreux rivages

Vous irez trouvez vos ouvrages,

Vous ferez rire à votre tour.

 

Quand sur la scène de ce monde

Chaque homme a joué son rôlet,

En partant il est à la ronde

Reconduit à coup de sifflet.

Dans leur dernière maladie

J’ai vu des gens de tous états

Vieux évêques, vieux magistrats,

Vieux courtisans à l’agonie :

Vainement, en cérémonie

Avec sa clochette arrivait

L’attirail de la sacristie ;

Le curé vainement oignait

Notre vieille âme à sa sortie ;

Le public malin s’en moquait ;

La satire un moment parlait

Des ridicules de sa vie ;

Puis à jamais on l’oubliait ;

Ainsi la farce est finie.

Le purgatoire ou le néant

Terminait cette comédie.

 

Petits papillons d’un moment,

Invisibles marionnettes,

Qui volez si rapidement

De Polichinelle au néant,

Dites-moi donc ce que vous êtes !

Au terme où je suis parvenu,

Quel mortel est le moins à plaindre ?

C’est celui qui ne sait rien craindre,

Qui vit et meurt inconnu.

 

Œuvres de Voltaire, T.47 : Mélanges, par M. Beuchot

Chez Lefèvre, Libraire, Firmin Didot Frères, Lequien fils

Paris, 1778

Source: Voltaire (1694 -1778) : Adieu à la vie – Le bar à poèmes

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